Ensueño Grato
¡La amo, no dejaré de amarla nunca! ¡Quiero dejar de amarla, pero nunca dejaré de amarla! ¿Pero sé qué es amar? ¿Pero sé por qué se ama? Jamás pude responderme, tampoco supe qué es el amor, ni comprendí por qué amaba.
Siempre pensé: Muy extraño es atender la existencia de una sola mujer en el mundo, conservar una sola imagen en la mente; mantener sólo un pensamiento en el cerebro; sentir un solo palpitar del corazón; un solo deseo en el alma y únicamente una plegaria desoída: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Sentir cómo asciende un pensamiento desde el fondo de mi memoria, hasta llegar a los labios para repetir: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Es un manantial de agua cristalina, que rueda desde la cúspide de la montaña y produce un sonido agradable, apacible, una voz suave sin eco, sin melodía, sólo con ternura, que sólo renueva: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Es el trinar de un ave que se asienta sobre el tejado, feliz sin temor ni pena, sólo con ternura y regocijo, que musita una frase: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Es cómo salmo recitado en el templo, como promesa ofrecida a Jesús y a María, como plegaria elevada al cielo: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Os contaré una historia, más parecida a una ficción, una fantasía, porque el amor, sólo este amor, sólo tiene un destino, el mismo destino Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que tiene sólo el mismo signo; que tiene sólo el mismo efecto: ¡La amo, nunca dejaré de amarla!
Supe de ella, la conocí, nos conocimos, coexistí con su ternura, sus lisonjas, sus elogios; le infundí mi firmeza, perseverancia y constancia. Decidimos unirnos en sagrado matrimonio, después de prolongado, dilatado largo tiempo: tras dos meses con dos días llegados de la mano al ara, al altar de Dios, a la corte de la ley, al tribunal del hombre.
Pasaron los tiempos, llegaron los frutos del amor, llegaron dos hijos, desfilaron los años, ahora ellos nos dieron los frutos de su amor: nuestros nietos. Pasó medio siglo, y seguimos como cuando nos conocimos, cargados de años, con las sienes plateadas y los pasos cortos y lentos, la salud quebrantada; pero, igual que antes, con sólo una plegaria, entonada de pareja: ¡Te amo, nunca dejaré de amarte!
Son sólo palabras, en sus brazos tan absolutamente envueltas, atadas y absorbidas por todo cuanto procede de ella y nace en mí, que no importa sea de día o de noche, ni si estamos sanos o enfermos, en este nuestro mundo plagado de momentos gratos de satisfacciones merecidas, sin contratiempos ni atajos. ¡Nos seguimos amando!
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